Al perdonar creemos estar beneficiando al ofensor, y eso es lo que lo hace tan difícil. Sin embargo, la falta de perdón a quien realmente daña es a nosotros mismos y actúa en nuestro corazón, como una herida física, que si no se limpia y libera de todas esas células descompuestas y dañadas no sana; por el contrario, se contaminará más y más, alcanzando y dañando a otras células sanas.
La madre Teresa de Calcuta dijo alguna vez: “El perdón es una decisión, no un sentimiento, porque cuando perdonamos no sentimos más la ofensa, no sentimos más rencor. Perdona, que perdonando tendrás en paz tu alma y la tendrá también el que te ha ofendido”.
El perdón sana el alma y el cuerpo
Aprender a perdonar mejora nuestro bienestar físico y emocional, porque perdonar es sanar. Esto lo demuestran investigaciones realizadas en la Universidad de Stanford, como parte del proyecto del perdón que dirige el doctor Fred Luskin. Según estos estudios, “seguir cultivando el rencor dentro de nosotros mismos obstaculiza nuestro desarrollo personal y profesional, nos conduce a tomar decisiones desacertadas y hace que nuestro cuerpo libere sustancias químicas asociadas con el estrés que tienen un efecto negativo sobre la salud”.
Si su alma se encuentra sana y libre de rencores, su cuerpo estará sano también. Muchos de los males físicos crónicos que afectan a la humanidad tienen que ver con la falta de perdón. Quizás sea por eso que en la actualidad muere tanta gente joven de problemas cardíacos. El Dalai Lama decía: “Si no perdonas por amor, perdona al menos por egoísmo, por tu propio bienestar”.
Perdonar es olvidar el pasado con el fin de liberar y sanar el presente, para poder construir un futuro positivo y estable. Hay que romper el círculo y tomar la sabia decisión de avanzar, y para eso hay que sanar el alma a través del perdón.